Vivir con dolor, una angustiosa odisea que comparten cada vez más personas


Por el aumento en las expectativas de vida y de las enfermedades metabólicas, hoy se calcula que dos de cada diez adultos sufren dolores crónicos. Muchos peregrinan años por las consultas sin dar con la solución.

A fuerza de convivir con una forma de migraña muy intensa que se le detona una vez por semana, Guillermo Villareal (47) reconoce haberse “acostumbrado a estar con dolor de cabeza”. “No es que no haya consultado a médicos, pero no le encuentran la vuelta y de alguna manera ya me resigné a que sea así”, asegura al reconocer que si bien aprendió a “soportar” su padecimiento, éste sigue limitando su vida en una gran cantidad de ocasiones, “sobre todo en lo afectivo y lo social”.

De la misma forma que puede hervirse una rana viva en una olla pero sólo si se lo hace lentamente, el dolor puede instalarse en la vida de una persona hasta niveles insospechados cuando avanza en forma gradual. En eso consiste precisamente la paradoja de los dolores crónicos, un cuadro generalmente desatendido que –por el aumento en la expectativa de vida y ciertas enfermedades- suele verse cada vez más.

El dolor crónico empuja al aislamiento a quien lo sufre y puede ser punto de partida de enfermedades mentales, como trastornos de ansiedad y depresión.

Ya sea por migrañas, fibromialgias, lumbalgias, artrosis, hernias discales o enfermedades metabólicas, se calcula que dos de cada diez personas adultas viven con algún tipo de dolor. En su enorme cantidad de manifestaciones, éste no sólo suele ser un motivo frecuente de consulta al médico y de ausentismo laboral, sino que también empuja al aislamiento a quien lo sufre y puede ser punto de partida de enfermedades mentales, como trastornos de ansiedad y depresión. En suma no es únicamente el cuerpo el que lo sufre cuando duele; también los afectos, la calidad de vida, la autovaloración y hasta la economía familiar.

De ahí que por tratarse en general de cuadros complejos, las personas con dolores crónicos pasan a veces años consultando especialistas y ensayando distintas alternativas terapéuticas sin encontrar solución. Y muchos, como Guillermo Villareal, terminan por resignarse a convivir con sus dolores. Es frente a esta realidad que la medicina viene planteando cada vez más la necesidad de tratar sus casos en forma interdisciplinaria y con un enfoque integral. Ya no se trata necesariamente de dar con la cura para sus enfermedades -la que muchas veces no existe-, sino de aplicar todas las estrategias terapéuticas disponibles para que esas personas vivan mejor.

UN LARGO DERROTERO.

“Empecé hace cinco años con un dolor muy fuerte en la espalda que me impedía agacharme y mover cosas pesadas. Me dijeron que estaba contracturada y me mandaron a hacer kinesiología. Y aunque eso me aliviaba, a los pocos días me volvía a agarrar. Después pensaron que podía ser reuma y me mandaron a ver a un especialista que tampoco pudo ayudarme. Mientras tanto el dolor era cada vez más fuerte y empezó a afectarme también las articulaciones de las piernas”, cuenta Inés Stewart, quien llegó un punto en que “ya no hablaba casi de otra cosa” que de su dolor.

“Cuando al final me dijeron que lo mío era fibromialgia y que no tenía cura me resigné de algún modo a vivir así. Estaba entregada. Hasta dejé de juntarme con amigos porque no sentía ganas de salir. Afortunadamente di con un médico que me explicó que si bien la fibromialgia no tenía cura podía ayudarme a controlar el dolor. Fue recién ahí que empecé a mejorar. Creo que para poder recuperarse lo primero es confiar en que se puede estar mejor”, cuenta Inés.

Al igual que ella, muchos pacientes con dolores crónicos realizan un largo y angustioso derrotero en busca de alternativas terapéuticas. “En general arrancan auto medicándose con analgésicos de venta libre por un tiempo hasta que el dolor comienza a interferir en su vida habitual. Entonces suelen consultar en una guardia o con el médico de cabecera, que los deriva a su vez con un especialista relacionado con la parte del cuerpo que duele: si es la espalda, los mandan a un traumatólogo, si es la cabeza, al neurólogo... Así es que pasan años hasta que llegan a hacer una consulta específica para el tratamiento del dolor en sí”, cuenta el doctor Mauro Quiñones, especialista en medicina del dolor.

Director médico del Centro Especializado en el Tratamiento Integral del Dolor (CETID), una de las clínicas que han surgido en los últimos años para atender esta problemática específica, Quiñones cuenta que muchas de las personas que atienden llegan con dolores de años y tras consultar a varios médicos. “No es que no hayan sido atendidos bien sino que en general sus cuadros no responden a un solo enfoque –dice-: requieren ser abordados en forma integral”.

EL GRAN INCOMPRENDIDO.

“El motivo de la consulta es bastante variado. En general la gente viene por fenómenos artrósicos, lumbalgias, cefaleas, hernias de discos, dolores oncológicos…. Se trata de personas con dolores crónicos, una categoría que depende de la enfermedad pero que en general habla de procesos instalados desde hace al menos un mes. Y llegan preocupadas porque se dan cuenta de que el dolor está interfiriendo ya en sus vidas: no sienten deseos de salir o juntarse con amigos porque no lo disfrutan, no hablan de otra cosa y se aíslan cada vez más”, detalla Quiñones.

“El dolor es el gran incomprendido, en especial porque el dolor ajeno es muy difícil de dimensionar. Pero no hay nada más real que el dolor cuando nos limita en espacios tan íntimos como la sexualidad y tan amplios como el trabajo a la vida social, lo que hace que no sólo pueda tener un impacto sobre los afectos y la economía, sino también sobre la propia valoración”·, explica la psicóloga Erica Priore, quien se especializa en abordaje del dolor.

A su entender, “el dolor no es meramente la respuesta a una lesión orgánica; es una composición que abarca la lesión orgánica, la alteración anímica y el malestar espiritual repercutiendo en todas las esferas de la vida de ese individuo, las que deben trabajarse con igual importancia. Justamente cuando uno puede entender que el dolor es una construcción subjetiva que tiene que ver con un montón de variables, empieza a entender la necesidad de tratarlo en forma integral”.

En cualquier caso “no se trata de un fenómeno estático ni localizado; no se trata de un dolor sino de una persona que viene con un sufrimiento sostenido y algo que la llevó a sostener ese dolor”, agrega Priore al resaltar la importancia de “explicarles muy bien a los pacientes que su dolor no va a desaparecer en forma mágica, pero que hay un camino posible si se lo ataca desde distintos ángulos y, sobre todo, si esa persona logra romper con el descreimiento para sentir que puede estar mejor”.

TODO UN EQUIPO ALREDEDOR.

“Por tratarse en general de pacientes que vienen con dolores de años, para los cuales el dolor es toda una entidad, resulta fundamental escuchar lo que cuentan. Nadie sabe más que ellos de su propio dolor. Por eso lo primero que se hace es una entrevista bastante larga donde les pedimos que nos cuenten todo: desde qué es lo que sienten hasta cómo los afecta en sus relaciones. Lo común es hacerles un test para determinar el grado de ansiedad, depresión o interferencia con la vida que les produce ese dolor”, cuenta en el CETID.

Si bien el dolor es una construcción subjetiva, quienes se dedican a esta rama de la medicina suelen pedirles a los pacientes que ubiquen en una escala numérica su grado de dolor. “Lo que se pretende es que describan de 0 a 10, siendo diez el peor dolor experimentado en la vida, cómo lo que sienten en forma habitual. A su vez les pedimos que marquen en una grilla con distintos descriptores cómo identifican su dolor. El hecho de que hablen de un dolor ‘quemante’ o ‘ardiente” nos permite pensar en algo más bien orgánico; si en cambio hablan de un dolor “pavoroso” o “preocupante”, nos ayuda a entender cómo repercute ese dolor en su esfera emocional. Es a partir de ahí que uno empieza a conocer al paciente y establece una terapéutica inicial”, explica Quiñones.

Aunque cada centro especializado en dolor trabaja a su manera, en general los tratamientos abarcan la intervención de una diversidad de especialistas que actúan a la par: psicólogos, traumatólogos, neurocirujanos especializados en patología espinal, cardiólogos, diabetólogos, nutricionistas. Muchos de ellos recurren también a terapias no convencionales u holísticas, como la acupuntura, la meditación, el yoga o el tai chi.

“A pesar de que es común que después de años de convivir con dolor los pacientes lleguen con mucho descreimiento, cuando ven a todo un equipo trabajando a la par alrededor de ellos se sienten contenidos y los resultados son alentadores”, dicen en el CETID.

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